Curiosidades de Berlín y por qué me gusta tanto

Me encanta Berlín. Tuve la oportunidad de descubrir esta increíble ciudad en 2011 y, desde entonces, vivía con la convicción de que era uno de mis lugares favoritos del mundo. También es cierto, que, como siempre digo, asociamos un lugar a nuestra experiencia allí, así que siempre había querido regresar para cerciorar si esta sensación era tan real como la sentía, o si fue el recuerdo platónico de un gran viaje.

Parece ser que no me equivoqué y que lo mío con Berlín, fue amor a primera risa

Solía pensar que me gustó tanto porque, como Lisboa, no me la esperaba. Me pilló de sorpresa y me plantó cara. Desconocía qué era capaz de ofrecerme que no supiera ya. Las expectativas le pasan una muy mala jugada a algunos sitios, donde a veces, la decepción viene de presuponer demasiado. Como con las personas, vaya.

Pero qué malas son las expectativas, y qué bueno cuando nada esperas y la vida en lugar de poemas te pide un blues. 

Sin embargo, después de mi última visita, he vuelto encandilada. De hecho, he tardado bastante en escribir este post porque, entre mis muchos quehaceres de últimamente (demasiados la verdad), estaba el de ordenar mis ideas, mirar con perspectiva y, definitivamente, tener claro que Berlín es una de esas ciudades a las que me iría a vivir.

En Berlín se mueve el mundo, pero ella lo mueve a su ritmo: sin prisas y con paso firme. Si en Londres, Madrid o Nueva York vas corriendo a todas partes con la premura de quien siempre llega tarde y el mal carácter de los que viven para trabajar, en Berlín esto queda fuera. Cuando viajas o vives en esas ciudades, acabas convirtiéndote en uno más y, sin darte cuenta, corres hacia ninguna parte quejándote por todo y nada.

Hay sitio para todos

A la capital alemana no le faltan habitantes, de hecho, más de 3,5 millones de personas de 180 nacionalidades diferentes abren la mente a una ciudad que ya no pone muros ni fronteras. Cuentan, que de estos, un 20% son turcos y de ahí, que haya más (“restaurantes”) kebabs en Berlín que en el propio Estambul, nada más y nada menos que 1.600: ¡60 toneladas de kebab al día!

Y sin embargo, que diría Sabina, en Berlín no hay aglomeraciones. Por momentos y barrios pensaba, “esta ciudad está deshabitada”. Los únicos grupos de gente con los que me crucé, eran turistas y estaban en Alexanderplatz, Unter den Linden o el Parlamento. En el resto de la ciudad, había la gente necesaria que tiene que haber y, además, a paso tranquilo: ¡incluso las paradas de metro en hora punta! Igualito que Madrid, vamos.

De hecho, buscando información sobre esto que me llamó poderosamente la atención, leí que Berlín viene de Berle del idioma polabo (lo hablaban los vendos, alemanes del Norte) y significa “tierra deshabitada”.

Además, todo es ancho. Amplio. Sin cuestas. Sin obstáculos. Y verde, muy verde… algo así como que el 44% de la superficie de la ciudad es área verde, lo que la convierte en un parque inmenso. Y, donde no hay parques, se los inventan, como en Tempelhof, un antiguo aeropuerto reconvertido. Ante la pregunta de en qué queréis que se convierta este viejo aeropuerto, los berlineses antepusieron un parque a un centro comercial, y todo ello, elegido vía referéndum. ¿Todavía no he dado suficientes motivos por los que me encanta Berlín?

Pues aún hay más

En Berlín, hay más museos que días de lluvia: 180 frente a 106 y si eso no es un motivo de peso para enamorarse ciegamente de Berlín, es que entonces, no está hecha para ti. En esta ciudad, en la que hay más puentes que en Venecia, todos llegamos con unos estereotipos y nos vamos con una lección de humildad aprendida: he tenido la suerte de coincidir con gente amable en todos mis viajes, pero en pocos sitios me han regalado tantas sonrisas como lo han hecho los berlineses.

Todo lo agresiva que puede sonar su lengua no le hace ni eco a lo amables que pueden llegar a ser; especial mención haré a los empleados del Parlamento, que me dejaron sorprendida. Por cierto, recomiendo encarecidamente la subida a la cúpula, cuya visita es gratis pero es imprescindible reservar por Internet. Ah! Puestos a elegir horario, nada como ver atardecer sobre Berlín 😉

Elige un oso por símbolo sin haber allí osos y planta tuberías de colores en medio de la calle. Porque así es ella, la que reivindica su personalidad hasta en sus semáforos y diseña un símbolo único en el mundo, su Ampelmänn.  (Bueno, digamos que no es el único símbolo, que al pasear bajo el hotel Adlon no pude evitar recordar a Michael Jackson y pequeño percance poniendo en riesgo la vida de su hijo)

A Berlín le pasa lo que a Ámsterdam, que te invita a que seas quien quieras ser y te recuerda que te va a querer igual, elijas lo que elijas. Sin embargo, aunque tan libre como la holandesa, su alma es distinta. Siente la libertad de quien se ha hecho a si mismo. De quien pone voz a sus paredes y las transforma en arte. De quien no censura sino protege y ve una galería donde otros sólo ven ruinas. De quien ocupa lo que nadie quiere e invita a todos a que lo amen. De quien va por la calle sabiéndose libre para ser quien es y, en su libertad, le importa un bledo lo que le haga diferente de los demás.

Hablemos de la casualidad. Hablemos del tiempo 

Y así, su East Side Gallery. Su muro de la vergüenza reconvertido en la galería al aire libre más grande del mundo con 101 obras que, además, son de artistas de 21 países diferentes. Tiraron en una noche, 9 de noviembre de 1989, ese muro que tan sólo tardaron una noche en construir, la del 12 al 13 de agosto de 1961. Ese muro que realmente son dos y donde perecieron entre 140 y 200 personas (no me atrevo a dar el dato ya que en cada medio leo una cosa diferente).

Una barrera de 155 kilómetros que separaba a demócratas y comunistas, que encerraba a occidentales en una cárcel a la que los orientales querían llegar por sus mejores condiciones y que fue el detonante de su construcción. Su muro, que había sido su vergüenza y condena durante 28 años, tardó tanto en derribarse como en construirse: una noche en la que los berlineses dijeron basta ya, y entonces, abrieron su puerta al mundo; la Puerta de Brandenburgo.

La puerta del triunfo, que siempre fue testigo de orgullo y drama; de un Napoleón victorioso que secuestró la cuádriga y se la llevó a París como símbolo de conquista o de las tropas nazis desfilando con la cabeza bien alta sus atrocidades y el corazón bien ausente. (De hijos de puta siempre ha estado el mundo lleno).

Curiosa donde las haya, la Puerta de Brandenburgo jamás llegó a formar parte de ninguna de las dos áreas y se mantuvo en un limbo entre los muros, en tierra de nadie. Por suerte, destino o, más bien, mérito propio, los berlineses recuperaron lo que era suyo: su tierra, su cultura, su libertad y su Puerta de Brandenburgo como símbolo de reunificación.

Berlín es de quien mira su más sombrío pasado y no lo niega ni lo esconde: aprende de él y mira hacia el frente con respeto. Y esto es precisamente lo que hace más grande a Berlín que, mientras donde nosotros ponemos monumentos ellos plantan un parking. Donde nosotros conservamos calles con el nombre de nuestros verdugos, ellos se las ponen a las víctimas que sentenciaron. 

Parking donde se pudre un HDP

Donde nosotros restauramos hasta borrar el pasado, ellos dejan las ruinas y construyen a su lado el futuro para recordarse así hacia dónde tienen que ir y de dónde vienen. Hablo de la Iglesia Memorial Kaiser Wilheim que conserva lo que las bombas de la II Guerra Mundial le dejaron y, a su lado, le acompañan una capilla nueva y un campanario octogonal.

Me encanta Berlín porque me genera una admiración impresionante. Nuestro pasado es más lejano que el suyo, y sin embargo, aun siendo más jóvenes nos dan cien mil vueltas en dignidad. No han tapado los balazos que agujereó la crueldad, sino que pasan todos los días a su lado con la seguridad de quien sabe que olvidar el pasado, es condenarse a repetirlo.

Sabes cuando tienes conexión con una persona y no es ni más listo/a, ni más guapo/a, ni más gracioso/a que los demás… pero, ¿tiene algo que hace que para ti esa persona sea especial? Pues creo que algo así me pasa a mí con Berlín; ni tan espectacular como Estocolmo, ni tan monumental como París… pero no sé, tiene algo que bajo ningún concepto, te deberías perder 🙂

 

Si te pasa algo en la otra parte del mundo, ¡al menos que tengas la seguridad de que todo va a salir bien!
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2 Replies to “Curiosidades de Berlín y por qué me gusta tanto”

  1. Muy completo tu post Marta!
    Mi pareja y yo estuvimos por Berlin hace unos meses pasando un fin de semana.
    Berlin es una ciudad muy bonita, parece mentira que hasta hace relativamente poco estuviera sumida en el caos y la destrucción,.
    Creo que para visitar Berlin es imprescindible conocer su historia. Una ciudad que cuenta con un pasado oscuro y donde se hicieron barbaries que gracias a dios ya no se repite.
    Como toma de contacto con la ciudad, decidimos realizar un free tour con el que visitar lo más importante de la ciudad y conocer muchas de las historias que ocurrieron hace muchos años.
    Por cierto, por si les interesa a otros viajeros, aquí les dejo el tour que realizamos (https://tourgratis.com/tour/free-tour-berlin-sachsenhausen)
    Muchas gracias por trasladarnos hasta nuestro viaje con tu maravilloso post. Saludos!

    1. ¡Qué bien Francis! Me alegro mucho de que te haya gustado el post. Coincido contigo en que Berlín es una ciudad increíble, la primera vez que estuve sí que tuve la oportunidad de visitar Sachsenhausen y fue bastante duro, muy recomendable para conocer una realidad no tan lejana… pero realmente impresiona.

      Muchísimas gracias por tu comentario y que tengas un buen día! 🙂

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