La gran suerte de tener pueblo

Crecimos por sus calles creyéndonos los reyes del mundo, y parando el tiempo por un verano que, nos jurábamos, había sido el mejor verano de nuestras vidas. Estoy segura de que, quien no haya tenido pueblo, jamás podrá entender lo que os voy a contar por mucho que lo intente. Ni siquiera, quien haya tenido un lugar de veraneo al que haya podido serle fiel durante años. Esto sólo lo sabe quien ha tenido pueblo, y qué suerte la mía por poder contarlo.

Porque tener pueblo, era pasar los veranos con gente a quien no veías en todo el año pero que, por unos meses, tejías redes indestructibles. Y era volver al cole, en septiembre, con aventuras que pocos creerían, pero que sabías que serían inolvidables y por las que contarías los días hasta llegar el verano del año siguiente.

Era pedir que te hicieran la cena en bocata para poder salir antes a la calle y, en nuestro caso, hacer carroza hasta altas horas de la madrugada como excusa, o razón, para poder quedarte más rato con tus amigos. Esa carroza, que en cierta forma, la sentíamos como nuestro trabajo y, que era la antesala del mejor día de todo el verano, por lo que nos implicábamos como si nos fuera la vida en ello.

Allá, cuando en el desfile de carrozas, te mirabas con las cuadrillas de otras quintas y, aunque admirabas su trabajo, entendías que el de tu peña había merecido la pena, noche tras noche, velada tras velada. Esa peña que era tu mantra, tu squad y tus compañeros de viaje, y con quienes te hacías la camiseta con el nombre del grupo, para diferenciarte bien del resto de peñas del pueblo.

Aunque realmente, daba igual, porque allí, el que más o el que menos, tenía primos o hermanos en el resto de peñas y, a la hora de la verdad, siempre sabías que los verdaderos rivales eran los de los pueblos vecinos. Aquellos que venían a las fiestas y cuyos pueblos visitabas cuando acababan en el tuyo, pero que siempre serían del pueblo rival: menos rápidos, menos listos, menos guapos y menos todo que vosotros.

Vaya fiestas aquellas. Fiestas que empezaban en verbena y acababan en desencajonada para después darte un baño en la piscina a media mañana el que aguantaba, y así, varios días seguidos. Esas verbenas, que pronto cambiamos por botellones lejos de nuestros padres que no se perdían ni una, mientras nosotros tratábamos de crecer en intimidad.

Una intimidad que de poco servía en el pueblo, puesto que todo lo que dijeras o hicieras, al día siguiente se contaba en el “mercao”. Y, si no, se inventaba, pero allí el viento siempre había tenido los oídos muy finos.

Pero, en secreto o no, crecer, crecimos y lo hicimos en el pueblo, bajo una lluvia de Perseidas detrás del campo de fútbol. Ese lugar que fue testigo en una noche de verano de las primeras veces que nos enfrentábamos a la vida y creímos salir victoriosos: primeros cubatas, primeras borracheras, primera vez al volante, primeros besos, primeros amores… tantas primeras veces que al final, perdimos la cuenta pero ganamos la batalla.

Allí, no había hora de vuelta a casa porque estar en el pueblo era estar en casa. Y, no importaba que no hubiera cobertura o que tuvieras que subir la cuesta (de Pelayete) para que los móviles pillaran señal allá por el 2000, lo único que importaba era lo que acontecía en esos meses de verano.

Entonces, te acostumbrabas al ruido que hace el silencio cuando no hay mucho más que hacer y eso te encantaba. El ruido de ese “pikú” que te despertaba a las 10:00 de la mañana con los grandes éxitos del verano para decirte que, bajo unos 40 grados de justicia, la vida hay que aprovecharla. O el ruido de los murmuros cuando pasabas por la noche delante del grupo de señores/as que eran fieles “a la fresca” en la puerta de su casa, y esperaban (im)pacientes a que les saludaras pese a que no les conocieras.

Pero que tú no les conocieras, daba igual, ya se encargaban ellos de hacer sus investigaciones o de preguntarte, ¿y tú de quién eres? ante un asombro al que te acababas acostumbrando. Y no, no valía dar por respuesta un “de mi padre y de mi madre”, un “de kas limón” o, ni si quiera, el nombre de pila “del patriarca” de tu familia. Esa pregunta buscaba por respuesta el mote de tu familia para así, identificarte rápidamente. Porque sobra decir, que en el pueblo, todas las familias tienen mote y esto ha ido siempre, e irá, de generación en generación.

A mis 28 años, yendo cada verano al pueblo, todavía este fin de semana me han pasado revista con ese “y tú de quién eres” que, en cierta forma, ya me parece hasta entrañable. Tener una respuesta aprendida de casa a esa pregunta, significaba que, aunque fueras poco al pueblo, pertenecías allí de una forma u otra y no eras un forastero/a que sólo iba a las fiestas y que, aunque podía generar mucha expectación al principio, no lo llevaría nunca en su ADN.

De mis veranos en el pueblo, recuerdo a la perfección vivir sobre dos ruedas. Primero en bici, desde que te levantabas hasta que te acostabas y siendo una auténtica experta en cambiar la cadena y arreglar pinchazos (¡no podía ser menos con mi abuelo!). Después, llegaron las motos, y ese era nuestro medio de transporte, imprescindible para recorrer cualquier distancia por corta que fuera y, a sabiendas, de que el pueblo, “era una ciudad sin ley”. En este aspecto, tengo que reconocer que las cosas no han cambiado tanto, hemos pasado de dos ruedas a cuatro, pero seguimos yendo motorizados a cualquier punta del pueblo por cerca que esté.

Siempre he pensado, que tener pueblo me ha permitido abrir miras y conocer otras realidades que distan mucho de las que tengo en casa. Aprendizajes que hubieran sido inaccesibles para mí de otra forma y, que soy quien soy, en parte, gracias a aquellos veranos en el pueblo. Porque 28 años después, sigo sin tener ni idea de campo, pero sé valorar lo duro que puede ser. Puede que no sepa cuándo hay que coger el champiñón, pero sí se la implicación que conlleva. Y tal vez, no me haya dolido la espalda de vendimiar todo un mes, pero reconozco el sacrificio que supone. Y también sé, la admiración que me genera.

La vida en el pueblo siempre fue a otro ritmo y poder bailarlo, ha sido siempre mi gran suerte.

En un lugar de La Mancha de cuyo nombre me querré acordar siempre

El lugar que ha sido testigo de mis veranos, se llama Villagarcía del Llano y, aunque pertenece a Cuenca, colinda con Albacete. Se tratar de un pueblo de unos 800 habitantes que, en esas fiestas de las que os hablaba, llega a triplicar su población. Porque son muchos los que, como yo, aunque no hayamos vivido allí o hayan emigrado, siempre nos sentimos parte de este pequeño municipio que nos ha hecho tan felices.

Porque la vida pasa y lo hace a una velocidad vertiginosa, pero siempre tengo la sensación de que, cuando voy a Villagarcía, vuelvo a casa. No digo que allí las cosas no cambien, pero es el sentimiento el que prevalece. Ese que te dice que, da igual lo patas arriba que esté tu vida que, cuando vuelves al pueblo, desconectas y reconectas con una parte de ti.

Por suerte, cuando oigo hablar en televisión sobre el despoblamiento rural, mi pueblo se está librando de esa epidemia que afecta a tantos otros. Y esto, aunque pueda parecer banal y entienda a quienes se marchen a las ciudades en busca de oportunidades, es una pérdida de nuestra identidad y una pena tremenda contra la que tenemos que luchar. Aunque bueno, tengo que decir que realmente en el caso de mi pueblo, no es suerte, sino las ganas de sus vecinos por mejorar cada día y de quedarse en su tierra, donde son verdaderamente felices.

Villagarcía del Llano es mi pueblo y, probablemente no tenga nada más especial que otros con los que os hayáis sentido identificados al leer estas palabras. Allí, los Reyes Magos van a casa a llevar los juguetes en Navidad, se come la mejor sepia y queso frito que se hacen en este planeta (exceptuando cualquier plato que haga mi abuela), nuestras particulares reinas inauguran las fiestas del verano vestidas de novias y, cualquier excusa es buena, para celebrar una fiesta donde todos se implican: San Miguel, San Isidro, Virgen del Rosario, Día de las peñas…

Tiene tres parques, que para nosotros siempre serán el de arriba, el del medio o parquecillo y el de abajo, una Iglesia y una Ermita y una plaza que es el epicentro de todos los eventos del pueblo. Hay cuatro bares que, en verano, con el de la piscina aumentan a 5 y ¡ojo con la piscina! cuántos quisieran tener una igual 🙂

Lo cierto es que para ser un pueblo tan pequeño, no está nada mal, pero en el fondo, esto no va del escenario…

La verdad es que voy bastante menos de lo que debería o, incluso de lo que me gustaría y que siempre encuentro excusa en los 600 kilómetros que nos separan. Sin embargo, cuando llego, me reencuentro con esos amigos que, viviendo fuera o allí, tejimos redes invencibles, que fueron testigos y partícipes, de algunos de los momentos más importantes de mi vida y con quien, a día de hoy, sigo creciendo. En esas calles, miro atrás y encuentro muchos porqués a quien soy hoy y, en alguna cápsula del tiempo enterrada en una era, descansan los sueños que tuve un tiempo atrás. Y, por si fuera poco, allí me espera mi familia, mi pasado, mi presente y mi futuro, que, cada vez que llego, me abren los brazos y me dicen, bienvenida a casa. Ahí es nada.

Este fin de semana he vuelto a casa, y una vez más, olía a noche del mejor verano de nuestra vida. No sabéis lo que os perdéis aquellos que no habéis podido tener pueblo… pero qué suerte la mía.

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