2018, el año que viví intensamente

Coimbra

Este año tiene las horas contadas y el que más, o el que menos, nos ponemos a hacer balance de lo vivido. De los propósitos cumplidos. De la gente que ha pasado por tu vida, la que lo ha hecho para quedarse y la que marchó. De los viajes, los planes, las risas y los llantos. Una amiga me dijo un día que hay años en los que pasan muchas cosas y otros, que simplemente son de trance.

Mi 2018 ha sido de los primeros.

Si echo la vista a atrás, soy incapaz de ordenar y asimilar todo lo que ha pasado. Parece que todo ha ido muy rápido sin casi tiempo para digerirlo y, sin embargo, me cuesta ponerme en la piel de la Marta de diciembre de 2017; tenemos muchas cosas en común, pero esta que ahora habla, se ha llevado algún que otro aprendizaje en el camino. O al menos, mira la vida de otra forma.

Si tuviera que buscar un símil, creo que sería mi año del ave fenix; de resurgir, reencontrarme y reinventarme. Un punto de inflexión necesario. Han sido doce meses en los que he rescatado una parte de mí que estaba dormida y que hacía un par de años invernaba. Meses de comerme la vida a bocados, de hallar respuestas y de hacerme nuevas preguntas. Y todo ello, desde el día uno de enero.

Siempre digo que a veces hay que alejarse para ver las cosas bien, con perspectiva. Bilbao y yo tenemos una relación de amor-odio a partes iguales y, en aquel momento, sentía que me tenía que alejar. A veces, la vida te sorprende, y me lo puso en bandeja; haber dejado pasar esa oportunidad hubiera sido un error tanto personal como profesional que no podría perdonarme. Si no cambias nada, nada cambia, así que este año, di una vuelta de 180º a lo que hasta entonces conocía, cogí las maletas y empecé en una nueva ciudad.

Salamanca no sabe todavía cuán agradecida le estoy: los seis meses que he vivido allí han sido puro aire. Salamanca, la ciudad que me ha devuelto por un tiempo la independencia que tanto anhelamos los que nos creemos que solos podemos con todo y quienes de alguna forma, nos sentimos algo nómadas por naturaleza. Ha rescatado en mí esas ganas de llegar al cielo que me regaló mi “territorio” de Madrid, pero que en Bilbao parecían haberse desvanecido. Y no sólo eso, me ha invitado a ir a más.

Pagasarri

Este año no sólo he recuperado una ilusión profesional que llevaba un tiempo vagando en tierra de nadie, también he empezado a pulir otra pequeña vocación que cuanto más la pongo en práctica, más adicción me crea. Este año he empezado a dar clases en diferentes centros y, sabía que me gustaba, pero no sabía que tanto. Es una sensación tremenda de satisfacción y de sentirse útil, por no hablar del aprendizaje que conlleva mientras lo preparas… y sobre todo, el agradecimiento de quienes, gracias a ti, se van a dormir sabiendo algo nuevo algún día. 2019 apunta que en este aspecto será un muy buen año… así que a 2018 no puedo más que estarle agradecida por todo lo que me ha aportado en el terreno profesional.

Pero Salamanca ha sido mucho más que esto. Salamanca me ha regalado a unas personas increíbles y la verdad es que a día de hoy, no quiero ni imaginarme mi vida sin ellas. No han sido sólo compañeros o colegas mientras vivía allí, son buenas personas que se merecen todo lo bonito que les pase y de las que he aprendido muchísimo más de lo que ellos se creen. Son amigos, de los de vedad. De los que parece que cuanto más mayor te haces, es más difícil conservar… y a mí la vida, este año me ha traído personas que quiero tener para siempre conmigo.

Salamanca me abriste los ojos y me has regalado ilusión, así que no puedo estarte más agradecida. Cada vez que te veo, me deshago en piropos por lo bonita que eres, pero seguro que influyen los ojos y el cariño con los que te miro.

Pero 2018 no ha sido sólo Salamanca. Mi coche dice que han sido 35.000 kilómetros, pero no sabe que le he sido infiel en 15 o 16 vuelos, en buses, trenes y otros coches. Este año he viajado más que nunca y de ello me he llevado experiencias para siempre y lugares a los que alguna vez querré volver. Cuentan que viajar es lo único en lo que gastas dinero y a la vez te haces rico, y qué razón tienen. Ha sido Grecia, Alemania, Reino Unido, Portugal dos veces… y la península de norte a sur y de este a oeste; no quiero ni pensar cuánto dinero me habré gastado en ello, pero que he aprendido algo en todos y cada unos de mis viajes… de eso estoy segura.

Además, 2018 ha sido el año en el que ha nacido mi cenicienta y me han nombrado hada madrina, y esto no puede hacerme más feliz. No tengo hijos y no puedo imaginarme cómo será ese sentimiento, pero sí sé que lo que yo siento por mi cenicienta y su hermano es algo que no había conocido nunca antes y guau, qué sensación. Cuantísimo les quiero.

Y 2018 me volvió a traer a Bilbao, y este, me recibió con los brazos abiertos. Me dijo, que entendía que me hubiera tomado mi tiempo y que iba a estar aquí para mí siempre… porque nosotros siempre volvemos. Y vaya que si volvimos.

Si los seis primeros meses del año fueron intensos con el cambio de ciudad, de trabajo, de rutina, de gente, de vida… los seis últimos no sé qué excusa dar, pero han sido intensos a rabiar, en todos los sentidos. Han sido un no parar, han sido vivir hasta quemarme y han sido fuego. 2018 ha sido el año en el que viví intensamente porque me tatué la filosofía con la que traje al mundo este blog; ni un ¿y si…? más. Y he llevado esto al extremo, a tener un “palante” por bandera y a decir sí a todo, a cualquier plan, durante un año.

Han sido viajes, festivales, conciertos, cenas que acaban en juerga y juergas sin tregua, nuevos sabores, bodas con mucho amor, monte, piano, barranquismo, mucho ruido y mucho silencio. 2018 ha sido el año en el que me he roto un hueso por torpe y no me lo he curado a tiempo por burra. Por negarme a decir que no.

Me propuse tres propósitos para este 2018. A unas horas de que se acabe el año, puedo estar segura de que he conseguido cumplir dos y medio; y esto es un pequeño fracaso personal que me llevo heredado a 2019. Este ha sido un año muy intenso, aunque por desgracia, también ha tenido cosas malas. Algunas quedaron atrás y prefiero no recordarlas y otras, bueno digamos que se vienen al 2019 para ponernos a prueba y ver cómo las tumbamos.

Para ser sinceros, me encantaría que mi learning fuera otro porque lo que voy a decir es todo lo contrario a la filosofía de este blog… pero he aprendido que tengo que aprender a decir que no. A pensar un poco antes de actuar. A no ser tan impulsiva. A descansar y cuidarme más. A reducir la intensidad.

Bermeo

2018, has sido increíble, has sido un año de los que miraré atrás y hablaré de ti con asombro y admiración. Un año de vida, y seguro que un antes y un después. Pero tengo que confesarte que estoy mental y físicamente agotada. Creo que vivir tan intensamente ha hecho que valore menos algunas cosas por “tenerlas más de continuo” y que eche en falta otras que, hasta ahora, ni se me había pasado por la cabeza. He aprendido, por mucho que me pese, que hay que echar algo/alguien de menos para valorarlo lo suficiente… así que mi propósito 2019 (entre otros), es bajar el ritmo un par de marchas.

2019, no sé si serás de trance o no, pero sé que ha llegado el momento de encontrar mi lugar en el mundo o al menos definir la hoja de ruta, de combatir los demonios que nos has traído, de ahuyentar mis fantasmas y de celebrar lo bonita que es la vida. Puede que seas duro, pero voy a ir a por ti con todas mis ganas.

Allá vamos.

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